Perdí las noches y los días.
El café por la mañana.
La pereza de despertarme.
Las ganas de llegar pero también las de irme.
Perdí aquellas palabras que nunca me había atrevido a decir.
La inseguridad.
Las ganas de intentarlo, después de una larga, tonta y
absurda lista de intentos fallidos.
Perdí la agenda y con ella lo que tenía que hacer.
El tiempo y el norte.
La autodestrucción.
El desorden.
Perdí las metas, ya no tenía claro donde quería ir. Tampoco me
preocupaba.
Perdí la cabeza.
El vacio y con él la caída.
Los pensamientos tóxicos.
El estrés y los agobios.
Deje ir sus ojos, su boca, sus pasos, las manos, la cintura…
guarde sus palabras y sus gestos donde nadie los encontrase jamás. Ni siquiera
yo misma.
Perdí la gran mayoría de las cosas que componían mi día a día
y no me importaba. Realmente estaba teniendo el valor para deshacerme de las
cosas que ya no quería para mi vida pero, que sin saber cómo, seguían ahí.
Decidí centrarme en lo que de verdad merecía la pena.
Y fue la mejor decisión de mi vida.
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