2 de la
mañana. Caminaba por la noche con el peso del día a mis espaldas.
Mientras tanto, el viento jugaba con la soledad
a mí alrededor, y yo no sabía si
temblaba por la ausencia o por el frío.
Una noche más,
sentada en el lugar de siempre, sin prisa. La música sonaba, se deslizaba entre
las hojas, las ramas, mis oídos y el dichoso humo de mi cigarro, que como
siempre, ascendía con esa forma serpenteante que me parecía tan divertida.
Como cada
noche, por la luz de la misma farola, mi sombra se arrojaba sobre las baldosas,
el viento soplaba y yo fumaba. Bebo Valdes pulsaba las teclas de su piano y le ponía
banda sonora al momento. Él sabia captar la emoción de un instante.
Y a eso me
dedicaba yo, a sentarme, escuchar y fumar. A estar allí, solo en ese lugar, dejando que las notas inundasen mi cabeza disipando la niebla del día.
Ese momento
era para mí, y nada se movía excepto el humo que continuaba en su tarea.
Una calada,
echaba el humo relajada en mi intento fallido por hacer de él un espectáculo.
La música se
acaba y con ella la instantánea. Cada canción es un mundo y un sentimiento, y
esta noche estaba todo dicho.
Vámonos a
casa, que la soledad gana al viento y necesito calor, que la ausencia me
congela y la música ya no suena.
.jpeg)