Yo aprendí mirándola.
De qué manera daba un paso tras otro a la hora de caminar,
decidida, como si no hubiese nada que pudiera derribarla. Sus manos expresaban
al hablar las cosas que ella ya no alcanzaba a decir. Me aprendí su diccionario
de miradas, para saber en cada momento lo que necesitaba. Supe que la hacía
feliz y que la ahogaba, con que reía hasta no poder respirar y que situaciones
la encogían tanto el corazón hasta no poder moverse. Viví arropada en su
cariño, en su abrazo. Moría en su ausencia y resucitaba con ella.
Yo la miraba y aprendía, y nunca deje de hacerlo. Me encantaba
mirarla. Pero cuando te fuiste tuve que volver a aprender a hacerlo todo,
reconstruir mi vida sin ti. Eras todas mis razones y mis motivos y al
desaparecer, yo no sabía a que agarrarme. Caí en un vacio del que me costó mucho
tiempo salir.
Hoy he pensado en ti. Hacia tanto que no lo hacía que ya no
recordaba que aun en ocasiones te echo de menos, que una parte de mi te sigue
llamando a gritos, un grito mudo que jamás vas a escuchar. Que después de
tantos años puedes seguir siendo mi inspiración. Seguir formando parte de mis
conversaciones como un bello pero amargo recuerdo. No me gusta hablar de ti. Siempre
hablo de lo increíble que fue todo, pero son los errores los que se quedan en
mi cabeza, torturándome.
La gente no comprende porque me gusta la lluvia. Me gusta porque
la lluvia eres tú. Cada gota, cada minúscula gota que cae del cielo, siempre será
para ti.
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